Crónica de IAFP en un periódico inventado 2


Con los deberes hechos a última hora, salgo de casa cuando pasan de las 07:00. Esta vez no me espera ningún coche en la puerta, sino un paseo a pie de unos veinte minutos hasta el centro de Vigo. En el trayecto por una ciudad todavía soñolienta, voy repasando mentalmente mis conclusiones sobre la única película de Agustí Vila que tuve ocasión de ver durante el fin de semana. Unas conclusiones memorizadas mientras apuraba el café con el objetivo de no quedar en ridículo delante del grupo de cineastas en el que me voy a mover estos días. Siendo honestos, no soy un especialista en cine.

Aunque, si soy realmente honesto, debería añadir que no soy un especialista en nada. Como recordarán, me encargo de sacar adelante un periódico fantasma con las excesivas dosis de irresponsabilidad intelectual que eso conlleva. El que mucho abarca, poco aprieta, ¿no? Cualquier día acabaré escribiendo que condenan con tarjeta roja a un ministro por tráfico de influencias en la última película de Almodóvar. Pero, por el momento, no tengo quejas de ningún lector. Volviendo al asunto que nos ocupa, iba por la calle repitiendo silenciosamente una letanía acerca de ese filme, La mosquitera, temeroso de olvidar alguno de mis estudiados apuntes: surrealismo, Buñuel, Tod Solondz. La verdad es que, a pesar de no ser un experto en cine, la película tocó algunas vísceras de mi interior, me removió por dentro. En ocasiones, me llegó a incordiar gratamente. Será que viene de ahí el título. Será que tras verla empiezas a sentir un incómodo picor en el abismo de tu ser, como si, atrapado en una mosquitera disfuncional, fueses asediado por un ejército de mosquitos; conviviendo con una quemazón que deseas que se quede contigo, aun sabiendo lo indeseable que puede llegar a ser, solo por el placer de rascarse. Esto me lleva a reflexionar sobre la suerte que supone para Vigo que este realizador se interese en dar su particular visión a este Igual Arte Film Project.

Del ensimismamiento, peligroso si caminas entre el tráfico vigués, me saca la visión de dos maleteros abiertos enfrente del edificio donde comenzará oficialmente la grabación de Narci. De detrás de uno de los coches aparece una chica a la que saludo prudentemente dado que, quizá, no esté informada de mi presencia. Con gran seguridad, se acerca para estrecharme la mano al tiempo que anuncia mi presencia a la voz de “Ya está aquí el cotilla, chicos”. Cuando quiero reaccionar para responder, es demasiado tarde, ella ya se encuentra escaleras arriba arrastrando una cantidad incontable de largos tubos de plástico. “Somos del equipo de cámara”, suelta alguien rápidamente mientras se sube al hombro tres maletas y desaparece, teniendo solo el tiempo suficiente para ver su barba. “¿De verdad que no hay nada más interesante que contar? Aquí solo vas a ver sudor”, bromea el último de ellos, con una cámara tres veces del tamaño de mi cabeza en sus manos. Esta vez me dispongo a echar un cable subiendo una extraña maleta, pero antes de dar dos pasos, la chica de antes me dice amablemente que la suelte. “Es sensible”, arguye, “aquí trabajamos con material sensible”. Me entretengo pensando que, quizá, esa maleta custodie el guion del corto. Más tranquilo, al saber de mi cualidad de prescindible, decido subir al piso. La casa tiene unos techos altos, habitaciones amplias y unas escaleras de entrada de otra época. De otra época también procede la falta de ascensor; un lujo del que maldicen su ausencia los sudorosos miembros del equipo de cámara. Siguen de arriba a abajo. De arriba a abajo. Intento crear un momento de distensión preguntando por su experiencia con Agustí Vila:

-Un tipo encantador, con las ideas claras –el joven de las barbas se anima a hablar al escuchar este nombre–. Rodamos unas secuencias con él, este fin de semana. Creo que volverá en septiembre para terminar con todo. Cruzo los dedos.
-Es muy de la calle, ¿entiendes? Seguro que te lo puedes encontrar en el supermercado. Ahí, comprando sus banderillas picantes –reflexiona su otro compañero-.
-Muy arriesgada su película –me atrevo a decir, encontrando mi momento–. En la línea del Buñuel más surrealista o del Solondoz más travieso –apostillo–.
Silencio absoluto.
-Seguro que sí, campeón –dice la chica desde el rellano-. Aunque todavía no la he visto –se apresura a reconocer–. Pero, después de tratarle, ya no me hace falta verla para saber que me gusta.
-Yo me la estoy descargando –confiesa uno–. A ver si esta noche cae.
Me cuestiono brevemente, en el silencio que sigue, si será más enriquecedor trabajar con una gran persona o un gran artista. ¿Pero acaso no son lo mismo? Para romper la espesura del ambiente, pregunto por el resto del equipo. “Están preparando el set grande. Arriba, en el IFEVI. Mesas para comer y la llegada de un ascensor cedido por ENOR para el decorado.” Se detiene a pensar. “Por lo menos, ellos tienen uno. Con lo bien que nos vendría aquí.” El de barba sonríe después de este comentario.
Tras unas horas muertas de espera, llegan más coches a la calle Urzáiz. Con los vehículos todavía en marcha, desembarcan el equipo de dirección, de arte, sonido y parte del apartado de fotografía. Entre ellos se encuentran algunos de los estudiantes de la Fundación que participan en el rodaje. Al comienzo, una tal Vanesa llama mi atención por su agilidad; aunque, principalmente, me asombra la sincronización que demuestra con el director de fotografía, ese de las muletas del que os hablé el otro día. Parece como si estuvieran conectados mentalmente. Antes de que Andoni, que así se llama, termine de pronunciar una orden, ella ya está en marcha camino de su ejecución. Es como si de una extensión de su cuerpo se tratase, una extremidad añadida a sus otras seis. Y sin que se nadie se dé cuenta, Vanesa va hipnotizando a todos con una fuerza invisible que se va apoderando de los presentes, convirtiendo lo que en algún momento pudo ser caos en un bello espectáculo. Al modo de una compañía de ballet, cada uno de aquellos individuos se integra con su entorno; como si todos perdiesen una identidad propia en beneficio de la grupal. En cierto modo, recuerda a una perfectamente asociada mancomunidad de insectos. Hormigas con trípodes a sus espaldas, abejas llevando el néctar de una pila de grabadora en grabadora, termitas mordisqueando unos segundos al tiempo previsto de preparación. Todos se cruzan, pero nadie se choca. Todos se sienten, pero nadie se estorba.
Exhausto, me siento para contemplar esta danza; solo interrumpida por la llegada de la actriz, Ana Ycobalzeta, quien viene acompañada por Pedro. Para los más rezagados, mencionamos nuevamente que el guion del corto fue elaborado por cinco estudiantes de la Fundación Igual Arte. Y en cada jornada de rodaje, por turnos, se encargarán de asesorar a los intérpretes para plasmar más fielmente su historia. Pedro es uno de ellos. Me acerco a él para preguntarle acerca de la escena que se rodará hoy.
-Va sobre Susan, –me informa- un personaje creado por mí. A ella le pasa algo muy malo, pero en la escena de hoy ya ha pasado un tiempo de eso. Creo que a la gente le va a gustar mucho Susan porque…
Sin tregua, requieren a Pedro en el camerino para cerrar algunos detalles.
De repente, el imberbe ayudante de dirección surge de la nada como una bola de pinball rebotando en cada uno de los equipos. Habla en susurros por lo que no comprendo lo que dice. Por suerte, no soy el único; los rostros de exasperación de sus compañeros me llevan a pensar que ellos tampoco le entienden. No obstante, ajeno a esto, levanta ligeramente la voz para anunciar que rodarán dentro de dos minutos. Curiosamente, dijo lo mismo hace ya dos minutos. Paradojas del cine. Para mis adentros, murmuro que la noción del tiempo se expande o contrae arbitrariamente en los dominios del artificio.
Y finalmente a las 19:00, después de medio día de preparación, una actriz se pone delante de una cámara encendida. Yo me froto las manos, ansioso por disfrutar de algo que llevo esperando unas doce horas. ¡La magia del cine en directo! Pero cuando ya había conseguido hacerme un hueco en primera fila, el ayudante de dirección aparece de la nada y, educadamente me pide, “por favor”, que me busque un sitio cómodo donde moleste lo menos posible durante los siguientes 180 minutos, “gracias”. Y se le congela la sonrisa. Antes de que me dé tiempo a mirar alrededor, me recomienda un rincón oscuro del salón de cara a la pared y me dice que apague mi teléfono. A pesar de lo apresurado de sus movimientos previos, me concede el tiempo suficiente para que lo apague mientras él está todavía presente. Y se le descongela la sonrisa. Una vez atendida su petición, me dirijo al rincón donde ya se encontraba un grupo de seis personas, las cuales parecen estar ancladas al sofá por un campo de fuerza gravitacional intangible. Uno, tímidamente, se presenta en nombre de todos diciendo que en algún momento fueron los habitantes de la casa.
-Maravillosos los rodajes, ¿eh? –intento romper el hielo–.
Nadie me contesta. Nadie habla. Todos tienen la mirada perdida.
-Un poco torbellino todo, ¿no? Moviendo muebles y esas cosas. Bueno, al menos os cambiará un poco la rutina, ¿verdad?
Del fondo del sofá surge un cuerpo inerte, con las manos atenazadas con fuerza en sus piernas.
-¿Has apagado el teléfono? –me comunica con un hilo de voz que mezcla ansiedad y miedo–.
A continuación, mira de reojo hacia el equipo de rodaje. Sus ojos se van dilatando, estimulados por mi silencio, exigiendo una respuesta.
-Porque no vale en modo avión– me advierte, convirtiendo la última palabra en un pitido agudo y mantenido.
-¡Chssssst! ¡Silencio! –el ayudante suelta un latigazo en nuestra dirección.
El cuerpo inerte comienza a balancearse y a murmurar repetidamente “no vale en modo avión”, “no vale en modo avión”, “no vale en …”. Hago un último intento de establecer contacto.
-¿Habéis visto La mosquitera?

¡ACCIÓN!

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