Crónica de IAFP en un periódico inventado


Por raro que parezca, tranquiliza trabajar en un diario ficticio. Como dicen por ahí fuera, no hay nada más relajante en el ámbito laboral que ser tu propio jefe. Además de poder confiar plenamente en tu propia plantilla, sabes que siempre mantendrás una fiel relación con tus compañeros. Y el ambiente de trabajo cotidiano es inmejorable, con el equipo al completo dispuesto a trabajar codo con codo para sacar adelante un reportaje. Con estas palabras introductorias intentó explicar mejor las discusiones mantenidas recientemente en la redacción para dilucidar quién cubriría la grabación del cortometraje perteneciente a Igual Arte Film Project. Todos queríamos hacerlo.
Cordialmente, habíamos sido invitados por los creadores de este particular proyecto a compartir con el equipo de dirección los seis días que duraría la vivificación de la historia de Narciso; así se llama el protagonista. Y como no podía ser menos, confié este importante cometido a mi mejor hombre; quien, justas casualidades no jerárquicas de la vida, resultó ser yo mismo. Desde un inicio, mi experiencia y mi olfato ya me avisaban de que el formato de cuaderno de bitácora sería el ideal para narrar las anécdotas diarias de los alumnos de la Fundación Igual Arte y los miembros de la asociación Samthing Visual. Lamentablemente, en los periódicos inexistentes carecemos de material de oficina, por lo que el clásico gesto de anotar en un bloc de notas lo que sucede iba a ser sustituido por el más rudimentario método de apretar con fuerza los ojos con el fin de recordar todos los detalles. Por ello, ruego me disculpen los afectados por las lagunas que se pudieran encontrar (echaría la culpa de esto al becario, pero ya se sabe que en los periódicos inventados se lleva lo del compañerismo). Empecemos por el principio.

Viernes, 31 de junio de 2014
Me uno al equipo de dirección la mañana de un día gris. Hoy es una jornada de preparación de espacios y recogida de material técnico. Cuando aun no he digerido el café, ya estamos en el IFEVI, a las afueras de Vigo. Allí se rodará prácticamente la totalidad del cortometraje. En esos límites físicos ya se encuentra parte del equipo de arte colocando moquetas y montando elementos del decorado. Se observa cierto trajín pero todavía ni rastro del famoso estrés de un rodaje, a pesar de que algunos me incitan a echarles un cable (algunos eléctricos, cada vez que usan la expresión “echar un cable”, se miran de manera cómplice como si fuera un chiste que solo ellos entienden). Durante algunos momentos dudo si debería colaborar con ellos; no obstante, siguiendo el consejo de los viajantes en el tiempo, me decido a intervenir lo menos posible en el entorno. Para algunos sonará a pereza, pero a mí me sabe a profesionalidad; tampoco ellos me ayudarán a poner los puntos en mi artículo. Repentinamente, de un coche sale disparado un joven con muletas y una aparatosa venda en la pierna. Deduzco que el vendaje y los bastones médicos ya se han convertido en una parte más de su cuerpo por la facilidad que demuestra para liarse un cigarrillo al tiempo que recorre en carrera cien metros para dar órdenes. Según la web del proyecto, nos hallamos frente al director de fotografía; aunque fácilmente podría tratarse de un ninja de baja por accidente de esquí.
Hasta la hora de la comida, me ha parecido asistir al episodio de un reality emitido en uno de esos canales periféricos sobre remodelación de casas en el menor tiempo posible. Siempre de aquí para allá con un martillo en la mano; lo más relacionado con la idiosincrasia del cine han sido los nombres de algunos populares actores que circulan entre el equipo. Al parecer, el reparto estará formado por Javier Gutiérrez, Manuel Polo, Celso Bugallo, Uxía Blanco y Ana Ycobalzeta. Muy brevemente, he podido observar como al imberbe ayudante de dirección le caían unas gotas de sudor al conocer que iba a tratar con ese grupo de reconocidos profesionales. ¿O serían lágrimas lo que corría por sus mejillas? Tras reposar los bocadillos, un reducido grupo de personas, entre las que se encuentra el director del filme, se dirige a la Escuela de Imagen y Sonido de Vigo (EISV) para recoger focos y demás herramientas de iluminación cedidas por esta institución olívica.

Y el día se termina cuando se aseguran de dejar este costoso material en el set, en un lugar seguro y en una disposición ordenada. Y aquí se puede extraer uno de los primeros principios de un rodaje: el orden. Si por la realidad de la práctica profesional se guiarán los planes de estudio, entre las asignaturas de una titulación audiovisual se debería ofrecer un curso de Tetris o un seminario dedicado al estudio de los maleteros de un coche. Me vuelvo a casa en el vehículo del ayudante de producción, un ojeroso guaperas poco hablador que se dedica a comprobar el estado del tanque de gasolina cada vez que se detiene en un semáforo. Con una sabiduría impropia de su edad, este joven teoriza sobre las producciones low cost afirmando que se deberían rodar en Venezuela, donde llenar el depósito de un coche sale más barato que una lata de Coca-Cola. Finalmente, me deja a unos pasos de mi casa musitando algo de un tal Agustí Vila. También pude distinguir las palabras aeropuerto, documental, director de prestigio y almohada. Ante la duda del orden de la secuencia, me obligo a investigar acerca de la historia de este realizador. Pero eso ya os lo contaré el próximo día.

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