Crónica de IAFP en un periódico inventado 3


Sin tiempo para una ducha o un café, salgo de casa a trompicones hacia el punto de recogida estipulado. No recuerdo la hora pactada pero tampoco me molesto en averiguarlo; me recorre la certeza de que es lo suficientemente tarde para que este dato sea ya de alguna utilidad. En cambio, sí procuro acelerar un poco el paso evitando, eso sí, activar cualquier tipo de transpiración corporal. Hoy solo debo desprender un aroma de triunfador ya que, además de ser el primer día de Javier Gutiérrez en el set, visitará el rodaje un equipo de televisión para cubrir la noticia. Se trata de una gran oportunidad; un escaparate donde ofertar mi talento como periodista con el objetivo de, tras años de intentonas, poder recalar en un medio de comunicación de verdad. De los de tirada y prestigio. De esos que no cuentan mentiras. O al menos, de uno que pague por contarlas. Durante las próximas horas debo demostrar agudeza mental, contundencia en mi lenguaje pero, sobre todo, extremada seguridad en mí mismo.

A modo de prueba inicial, un turista desorientado me sale al encuentro preguntando cómo llegar a la Plaza de España. Le digo que me acompañe, que yo también me dirijo a ese lugar. Tras guiar al extranjero, esta píldora fortuita del buen samaritano me pone la moral a unos niveles de sobredosis. Ansioso con abrumar a alguien con mi plenitud vital, comienzo a trotar ligeramente, ajeno a mi sudoración creciente, en dirección al único coche que parece esperar visita.

–Llegas tarde. Llevo 15 minutos esperando. No eres la única persona a quien debo recoger –escupe el conductor sin mover un ápice su cuerpo.
Se trata del taciturno ayudante de producción que conocí el primer día. Su agrio saludo me obliga a buscar una contestación que se corresponda con mi nuevo estado anímico. Trato de pensar en algo conciso pero firme. Una frase que me sitúe por encima de arbitrariedades como la puntualidad. “Lo siento. No sabía que sombrero ponerme”, me digo para mis adentros. ¡Sí!, una réplica enigmática. Y cuando vea que no llevo sombrero, le descolocará todavía más. Pero, ¿de verdad este cinismo va con mi personalidad? Vamos, ¡dilo!, sabes que si lo piensas demasia…

–Vamos a buscar a Javier Gutiérrez al hotel –se me adelanta, mientras cambia apresuradamente de carril– Y puedes estar seguro de que le diré que llegamos tarde por tu culpa.
Esta frase me devuelve a la cruda realidad, apeándome de un tren al que ya no sé si logré subir en alguna ocasión. Soy un simple redactor de un periódico inventado con problemas de transpiración. Este batacazo me hace repasar la historia de mis fracasos hasta que me interrumpe la entrada de Javi en la parte trasera del vehículo.
–¡Buenos días! –sonríe el actor– Mucho tráfico, ¿o qué?

–No. Ha sido por mi culpa, es que he llegado tarde –me sacrifico voluntariamente antes de que me echen en la hoguera.
Como nadie hace un comentario para aligerar mi carga de responsabilidad, pruebo a exponer mis motivos.
–Con eso de las prisas no me he podido duchar, y después no he querido pegarme una carrera. Tengo problemas de transpiración, ¿sabes? Y mi sudor es bastante oloroso por lo que…
La expresión de circunstancia del chofer me advierte de que me adentro en un terreno poco fértil.
–Tranquilo –zanja, Javi– Así he tenido más tiempo para desayunar.
Y la conversación se cierra definitivamente cuando este último abre su periódico, y yo hago lo propio con mi ventanilla. Otra muesca a mi lista de fracasos. Finalizamos nuestro viaje envueltos en un manto de silencio. Ninguno de nosotros ha querido romper el hielo nuevamente, prefiriendo que se derritiese poco a poco hasta que las aguas alcanzasen nuestro destino: el IFEVI.
–Hoy rodaremos en dos localizaciones. Os recogeré a las 18:00 para ir Nigrán. Allí rodaremos toda la noche –nos comunica nuestro conductor antes de que bajemos del coche.
Ya fuera, de la nada aparece el ayudante de dirección, indicando a Javi que le esperan en el departamento de maquillaje y peluquería. Allí también se encuentra Manu Polo, quien interpreta a Roberto Iglesias Pérez, repasando a viva voz su texto en un solitario rincón. Esta extraña visión confunde momentáneamente el set de rodaje con un manicomio; en ambos lugares te topas con personas vestidas con ropajes extraños lanzando grandilocuentes frases y ademanes al aire, susurrando palaras de amor a un vaso de plástico con café o fingiendo ser una persona diferente. Los parecidos entre un actor y un loco son razonables, aunque siempre existirá una gran diferencia, a unos los admiramos mientras a otros los encerramos.
A las 10:00 de la mañana comienza la grabación. Temeroso de una nueva metedura de pata, decido observar los acontecimientos desde una distancia prudencial con el fin de recuperar mi confianza perdida. Me conformo con asistir a los acontecimientos junto a la segunda unidad, rodeado del batallón que espera en la retaguardia cualquier orden para actuar con rapidez y precisión. Ayudantes de maquillaje, auxiliares de producción, meritorios de toda clase. Un brillo en el rostro del actor exterminado en unos segundos; un recado realizado en un pestañeo. Aquí sí me siento cómodo, rodeado de la gente que trabaja en la sombra, pasando desapercibido detrás de los focos. A mi lado, un fotógrafo registra el rodaje a una velocidad endiablada.
–En esta posición uno tiene una perspectiva mejor de las cosas, ¿no? –reflexiono en alto– O por lo menos, diferente –un tópico dicho a tiempo puede devolver el ánimo a cualquiera; incluso a uno mismo.
–Sí –me contesta sin apartar el dedo del disparador de la cámara–
Antes de que tenga tiempo de continuar la conversación, alguien le reclama. Así, pierdo su presencia, pero gano su nombre; se llama Gonzalo. Procuraré no perderle la pista en los próximos días.
Ya son las 14:00, la hora de comer. Me siento lo más cerca posible del equipo de dirección para obtener algún resumen fiable de la situación actual. El director parece felicitar a su ayudante por cumplir el plan de rodaje en los tiempos previstos, y termina su arenga dándole unas palmaditas en la espalda a su esbirro. Estoy convencido de que de tener rabo, el ayudante lo estaría meneando de felicidad. Antes de que la modorra se apodere del set, la segunda ayudante de dirección gruñe unas palabras que activan a todos los técnicos y operarios volviendo a poner la maquinaría en marcha. Secuencias, planos y tomas se suceden de manera implacable. Entre descanso y descanso, miro alrededor en busca del equipo de televisión que nunca llega. Si hay trenes que ni siquiera pasan delante de nosotros, ¿nos deberíamos lamentar por ello? Entre reflexiones de esta clase, y casi sin darme cuenta, llegan las 18:05. Me subo nuevamente en el coche del ayudante de producción. Por el retrovisor observo como se van empequeñeciendo las figuras encargadas de recoger el material que utilizaremos en la siguiente localización. Sentado en asiento del copiloto, el cansancio me vence sin que yo oponga la menor resistencia. Pero ni dormido logro que mis sueños se cumplan.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, ya nos encontramos aparcados en una chalet de Nigrán. La tradicional coreografía de todos los departamentos resulta esta vez un poco más aparatosa como consecuencia de las horas de rodaje acumuladas durante la jornada. Es como si una sustancia espesa y viscosa vertida imperceptiblemente sobre los presentes hiciese que cualquier movimiento, por sencillo que fuese, adquiriese proporciones hercúleas. Entre esta niebla se abre paso, como un camión extraviado, el ayudante de dirección interrogando a cada uno de nosotros acerca de un maletín negro. Al parecer, el personaje de Javi, Narciso, lo tenía que llevar en esta escena porque regresa del trabajo. Después de una infructuosa búsqueda, el director fulmina con la mirada a su siervo. Estoy convencido que de tener rabo, el ayudante lo tendría metido entre las piernas. No obstante, gracias a una inercia incomprensible para un novato como yo, se consigue acondicionar el espacio; y el ambiente se va relajando a medida que las cosas empiezan a estar listas. Pero incluso cuando todos parecen preparados, nadie se mueve; como si aguardasen a que algo más sucediese. Ante lo extraño del panorama, dejo de masticar mi bocadillo para afinar el oído. Como si del murmullo de un arroyo se tratase, una pregunta resuena por la estancia: “¿Y Roi?, Sin él no podemos hacer esta escena.” Velozmente, descubro que Roi es uno de los guionistas; en concreto, el creador de esta parte de la historia. “Es el hombre con todas las respuestas”, me dicen. Todos se miran buscando soluciones en su compañero más próximo convirtiendo la dulzura del arroyo en un caudaloso y sonoro río, cada vez más ansiosos por resolver el enigma de esta secuencia crucial. “Él tiene las claves de la motivación de mi personaje”, confiesa Javi al director. Y en el instante de mayor descontrol, sin dar el menor aviso, una silueta se sitúa sigilosamente entre mis ojos y el set.
–Hola, Julián –la gravedad de su voz hipnotiza al equipo­– Disculpa la tardanza.
Después de estas palabras iniciales, se desata una ordenada avalancha de cuestiones: a dónde se dirige Narciso, qué hora es cuando comienza la acción, cómo coge el teléfono, etc. Las respuestas de Roi van añadiendo deliberadamente mayor confusión a cualquier posible interpretación. Por la manera en que se expresa, deduzco que se siente más cómodo fuera del alcance de las explicaciones lógicas, en un lugar donde la fantasía juega un papel primordial. Aun así, y casi sin querer, va engalanando las dudas de todos los miembros del equipo, utilizando los interrogantes como combustible. Para él, las dudas son “parte indispensable de la vida. Solo actuamos, una vez que hemos dudado, amigos”. Finalmente, Roi se hace a un lado conocedor de que su labor ha concluido satisfactoriamente, y todos se sitúan con una confianza renovada en sus posiciones. Por mi parte, atónito ante esta aura de descuidada infalibilidad permanezco atento a cada uno de los movimientos de Roi. Para mi sorpresa, cuando nadie le observa, su gesto más repetido consiste en hurgarse ávidamente la nariz con su dedo índice y, acto seguido, deshacerse del descubrimiento en la manga de su camisa. Incluso filtrados a través de este hábito mundano, sus poderes no pierden un gramo de eficacia haciendo llegar una oleada de desconocido autoconocimiento metafísico a mis orillas; en la vida, como en los rodajes, no importa cuántas dudas e inseguridades se te presenten sino lo bien que sabes disimularlas delante de los demás. Al igual que no debes preocuparte por lo mucho que sudas, sino por tener un buen desodorante siempre a mano.

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