La manifestación como proceso de vida y el entorno condicionante


Para reflexionar sobre mi experiencia en Igual Arte es inevitable pensar en la sociedad y en sus complejas formas, que muchas veces limitan la capacidad de dar y recibir, que es la base fundamental de la empatía (entendimiento de lo que ocurre fuera de nosotros).

Todos tenemos una identidad cultural, arquetipos que nos relacionan a un grupo, pero navegamos repetidamente en el laberinto de las creencias automáticas y el comportamiento causal (defensa-ataque), que responde a la necesidad de encajar o sobrevivir emocionalmente al juego de la vida.

¿Qué ocurre con lo diferente? ¿Cuál es nuestra manifestación frente a lo establecido como correcto?
Para mi entender vivimos en una sociedad individualista, donde lo diferente es juzgado desde una óptica materialista y muchas veces superficial, donde nos han enseñado a clasificarnos los unos a los otros.

¿Qué ocurre con las diferentes formas de expresión, que repetidamente están condicionadas por el entorno, cuestionando su espontaneidad? Se nos ha dicho muchas veces: “piensa antes de actuar”, pero ¿qué pasa con el solo hecho de ser?, ¿de seguir nuestros impulsos, intuiciones, dejarse llevar? ¡Uy! Desde una perspectiva encorsetada se podría estar contradiciendo valores morales, conductuales, formalistas, sin reparar en que se están abriendo esquemas y experiencias de aprendizaje.

Estas perspectivas tienen impacto social y suponen una respuesta que varía según el entorno, lugar donde nos exponemos a no encajar o a ser cuestionados por los demás, y privan de esta manera la asimilación, la comprensión, el acompañamiento y el aprendizaje de lo diferente.

Surgen entonces apreciaciones y etiquetas como loco, irrespetuoso, tonto, enfermo…, personajes que más allá de su predisposición o conflicto nos presentan la oportunidad de comprender que absolutamente todos tenemos parte de esos matices e igualmente conformamos la sociedad.
Teniendo en cuenta estos aspectos me posiciono en un sentido horizontal, donde me introduzco en la diversidad funcional para ver y verme en la búsqueda de construir puentes que diluyan las fronteras que nos separan.

“Cuando uno enseña, dos aprenden” frase que me resuena constantemente desde que trabajo en la fundación, y que es una buena compañera a la hora de tratar mis propios límites y los de mis ideas creativas.

Entiendo que la finalidad del aprendizaje no debe estar en la reproducción exacta o en el orden en el cual se debería establecer una temática, sino más bien en construir un espacio de relación y escucha para luego compartir y proponer.

Cuando logro liberarme de ciertas expectativas, desafío que aún continua, y me adapto con soltura a lo que sucede en el momento, soy capaz de tomar mis vivencias como parte de la experiencia, buscando ser percibido como uno más que está inmerso en el proceso, entiendo el espacio como un lugar de encuentro donde nos acercamos a los diferentes límites y, desde allí, al proceso creativo.
Tener en cuenta el pulso y la delicadeza como llaves de acceso, me ha llevado a observar la importancia de no imponer -aunque muchas veces sea una herramienta resultante o necesaria para entender códigos, conductas y sostener cierto orden-, decidiendo mostrar mi apertura y sensibilidad a las múltiples realidades que traen los alumnos para compartir. En ese momento siento que he llegado al comienzo de algo, a un punto de partida, a una manera de embarcarlos en mi viaje, haciéndolos partícipes y protagonistas del momento que, aunque no sé cuánto podrá durar, me transforma en un buscador de tesoros que se rige por la intuición para adentrarse a los universos de la diversidad.

JUAN CID

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